Cómo superar una ruptura amorosa

Hace tiempo mientras superaba una ruptura amorosa vi una película excelente –que recomiendo a todos- Llamada Olvídate de mi en la que Jim Carrey y Kate Winslet contrataban los servicios de una agencia que “arreglaba” las separaciones con una tecnología que permitía a sus clientes quitarte de encima el mal rollo borrando todos los recuerdos de la relación que habían tenido.

Lo cierto es que si bien ver esta película no me ayudó demasiado si me hizo darme cuenta que en un momento u otro alguien corta con nosotros o nos vemos obligados a ser nosotros quienes demos puerta a una persona que durante un buen montón de meses ha significado todo para nosotros, a veces más incluso que los amigos o la familia, y que nunca es fácil.

El torrente de sentimientos que inunda nuestra mente durante los días y semanas después es tremendo: ira, deseo, desesperación, tristeza, melancolía…

El amor cuando aparece y durante su apogeo puede ser magia, pero desde luego perderlo es lo más parecido al infierno que podemos pasar, un vía crucis que puede durar en algunos casos meses e incluso años.

Por eso vamos a iniciar una serie de posts en los que entenderemos un poco mejor porque lo pasamos tan mal cuando nos dejan y sobre todo que estrategias podemos poner en marchar para minimizar los daños psicológicos que la ruptura deja en nosotros.

No obstante también veremos que todo lo que ocurre en nuestro cerebro tiene un sentido en términos evolutivos y que incluso el sufrimiento de perder a nuestra amada tiene una razón de ser.

Y por cierto, los hombres somos de largo los que peor lo pasamos y daremos datos científicos que lo avalan. Incluso en cuanto a cortar con la pareja los hombres no somos precisamente el “sexo fuerte”.

Fases de la ruptura

La escena es típica: ella te dice “tenemos que hablar” y de repente notas como un nudo se forma en tu garganta y te hueles lo peor. Sabes que la cosa entre vosotros no pasa por su mejor momento y lo que viene después no hace más que confirmar lo que tu instinto ya sabía de antemano…

“No eres tu, soy yo…es que en este momento de mi vida no quiero una relación”

“Has cambiado…yo he cambiado…no has cambiado”

“No vamos a ningún sitio…deberíamos darnos un tiempo para reflexionar”

Tras las explicaciones, excusas políticamente correctas –por que sí, te deja por ti, porque le asquea estar contigo y quiere tener sexo con otros hombres- y buenas intenciones “quiero conservar tu amistad” comienza en cualquiera lo que se llama El síndrome del corazón roto.

El motivo de la expresión “romper el corazón” viene dado porque desde antiguo la gente percibió que el enorme aumento del estrés que padece el abandonado afecta muy especialmente a este órgano.

Y es que aunque el corazón no se parta literalmente, las penas de amor pueden ser mortales de otras maneras. La tasa de suicidio entre los hombres abandonados es tres o cuatro veces superior a la de las mujeres desdeñadas, y la mezcla de sufrimiento y alcohol es la causa casi segura de que muchos hombres mueran por accidentes de tráfico, peleas y desgracias de todo tipo.

El síndrome del corazón roto tiene dos fases claramente diferenciadas que seguro que más de uno reconocéis por experiencia propia o por amigos: la negación y la depresión.

-La negación: En esta primera fase el cerebro trata luchar y protestar ante una situación que cree podría solucionar luchando. En esta primera etapa nuestro organismo de inunda de dopamina, norepinefrina y otros excitantes similares que nos da energía y nos vuelve obsesivos.

Según estudios realizados con la moderna tecnología de la resonancia magnética en personas “locamente” enamoradas, el amor activa las mismas zonas y neurotransmisores que un subidón de cocaína, y otro centrado en personas abandonadas mostraba una especial actividad en algunas de las regiones básicas que se iluminan cuando existe una adicción.

De hecho las zonas coinciden con las regiones observadas en jugadores compulsivos que arden en deseos de conseguir una enorme ganancia. En pocas palabras, cuando nos dejan nos desesperamos igual que los yonkis que necesitan su dosis.

Esta es la típica etapa en la a ratos odiamos y echamos de menos a la persona, tratamos de convencernos de no llamar ni saber nada para luego tratar de saber de ella yendo a los mismos sitios, espiando su Facebook o pasando por su barrio a ver si la vemos con otro.

A nivel químico no es muy diferente a esa fase primera de cuando dejamos el tabaco o un vicio: nuestro cuerpo nos pide una dosis y nuestra razón lucha contra nuestro corazón generando nerviosismo, ansiedad y estrés a montones.

La mayor parte de la gente –especialmente los chicos- pierden peso en esta fase.

Según parece estamos programados para centrarnos en nuestros problemas y no necesitar comer tanto durante nuestro particular duelo debido a nuestro origen como cazadores.

Cazar era una actividad que requería toda nuestra atención –era un trabajo en equipo en el cual el menor fallo podía significar la muerte del grupo-, así que hasta que no pudiéramos reprenderla al 100% tenemos esa capacidad de “pedirnos una prorroga”. Aunque ya no tenemos que cazar seguimos adelgazando cuando nos dejan.

Dado que la persona era una pieza clave en nuestra vida es normal que estemos programados para no rendirnos fácilmente ante la adversidad. El problema es el enorme desgaste físico y psicológico que el vacío provoca en nosotros hasta que al final nos rendimos y aceptamos la situación.

-Depresión: Cuando dejamos de plantearnos la posibilidad de volver o arreglar la situación, cuando empezamos a dormir mejor y a recuperar nuestro peso pero aún así seguimos pensando en la otra persona estamos a mitad de camino.

Es la fase en la que reflexionamos, nos acordamos de los buenos momentos con nostalgia y analizamos los malos en busca de una enseñanza o aprendizaje. Tal vez incluso nos echemos toda la culpa a la espalda o simplifiquemos las cosas pensando que todo fue culpa de ella y que en todo momento fuimos correctos.

Es el momento en el que el cerebro se va reajustando a no tener su “dosis” y busca su equilibrio. A no ser que recaigamos –nos encontremos a nuestra ex o algún objeto que provoque un fuerte recuerdo- es la fase en la que nuestro cuerpo-mente se desengancha poco a poco y es cuando los amigos y el entorno pueden ayudar y ser claves a la hora de pasar página.

De momento hoy nos quedamos aquí. Como hemos podido comprobar ser abandonados –sobre todo tras una relación larga- no es nada inofensivo, si no una experiencia sumamente traumática que hace bastante mella en nuestro organismo y nos deja KOs durante tiempo.

En la próxima entrega hablaremos del tratamiento, de que cosas funcionan mejor que otras para recuperarnos y tiraremos por tierra ciertos mitos socialmente establecidos.

Mientras tanto ¿os sentís identificados con las fases del desamor? Queremos conocer vuestras experiencias y opiniones ¡así que participad en los comentarios!.